Paseo Prometeico Redux

Juan Carlos Quindós de la Fuente

El oculista me ha recetado colirio: tengo los ojos algo secos, de mirar a través de lentes y pantallas supongo. Pero aquel día la luz era demasiado potente como para dejarla pasar por alto tras un Invierno en tinieblas, así que me dispuse a andar hacia poniente, donde el sol purifica o te quema la córnea, sólo dependiendo del tiempo de exposición, como quema tu vista el cruzarse con algún Prometeo descarriado que vaya con un candil por bandera iluminando promesas de felicidad -autodestructivas- mediante sus medias verdades.

Los mejores paseos son los concéntricos en compañía, y los siguientes mejores, los excéntricos en soledad.

Paseo Prometeico

Aquel día fuí feliz cruzándome en el camino de un hombre plano y negro con mi propia silueta lamiendo el suelo, libre para dar la vuelta o deshacer los pasos. Pero el errar es adictivo y la pose de flâneur urbano una vez pegada al cuerpo del subconsciente es más pesada que la ligereza insustancial que todo lo impregna, aquí y allí. Aquí, en Valladolid, quizá más que allí, pero eso es otro tema de geopolítica que aburre a los cantos del camino. Justo por eso siempre fué urgente rescatar de la quema del alzheimer colectivo los rincones que erizan los cabellos que dejas crecer dentro de la médula espinal, donde la belleza nada tiene que ver. O mejor dicho, lo tiene que ver todo, porque ésta es factor exclusivo del cómo miras hacia fuera, desde dentro. Los almendros brutales en flor de la Avenida de Salamanca, y un conejo que salió a toda leche de una cueva apurando el rádar de la DGT fueron la propina bucólica y dulzona que no calmaba la sed de cerveza negra.

Paseo Prometeico
Así que me dirigí por fin directamente a la “casa del Miedo”, sabiendo que nunca más regresaría allí, decidido en la búsqueda de un fantasma negro que me dijese: “Sky-Walker-J-uck , soy tu Padre, tranquilo chico, deja ya de buscar: que lo que no tienes nunca lo vas a encontrar, y lo que ya tienes está dentro hace mucho…”  Bah, trolas del humo negro, a la postre tan new-age: allí sólo he encontrado la historia triste de un ahorcado y un puñado de raws espeluznantes para mi colección de cromos viejos y rotos, que no es poco de un rincón con una supuesta edificabilidad de cero puntos sobre el plano urbanístico. Suposiciones y Realidades juegan en distintos planos astrofísicos claro. Los Metafísicos son otra cosa, y no son precisamente planos. Paradójicamente, en este punto de Parque-SOL, el plano normativo que nunca pareció existir, no dejó acabar su mansión de ricachón Hollywoodiense al gran Pope de la montaña de caramelo. El órdago esta vez fué demasiado evidente. Pero alguna imagen aún recuerda a las placas de Julius Shulman sobre las terrazas voladas de Neutra, versión esquelética y castellana.

Paseo Prometeico
Desde la atalaya póstuma de Valla-dolor, baluarte monumental de los sueños rotos porque se cumplen a cachos, he creído entender mejor la pespectiva: en lontananza, la maraña se reordena en malla aparente y el caos se yuxtapone hacia adentro, aplanando las incongruencias para relajar la vista y el espíritu lo justo. Razón tal vez por la cual un paisaje urbano nunca es paisaje de veras: sólo recuerda el desorden de tu habitáculo. Pero por un momento la meseta pareció portuaria, lo juro, incluso con un nuevo falso “puente colgante” al fondo, y aprovechando el refrán, ví pasar al Pisuerga desde lo alto, enlodado y bello como estamos todos, hijos activos y pasivos del tiempo como dice Galeano. En esos instantes e alegra y me apena a partes iguales ver el mundo a través de mis ojos. Que los demás lo hagan a través de los míos es algo secundario… ¿no? Tal vez, pero todo irá bien mientras la balanza se vaya llenando de mi lado, aunque muchas veces la historia del hombre con rayos-X en los ojos vuelva a la cabeza con su gran contrapeso: la Ciudad genérica no es buen lugar para transparencias extremas, ya te digo.

No prome-teo nada, pero trataré de no quemar todas mis naves y alguna ajena en el intento de acercarme al sol por medio de estas gymkanas imaginadas, donde necesarias etapas formistas y complacientes darán paso a otras batallas más incómodas y fructuosas.

Juan Carlos Quindós de la Fuente

 

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